miércoles, 7 de agosto de 2013

India

Como dije, en la casa hay libros, la herencia de los que me precedieron y que hay que cuidar y acrecentar. Hay uno llamado La Porta India, de Teresa Costa-Gramunt, editado por edi-Liber, e ilustrado con pocos pero simples, delicados y bellísimos dibujos de Elisenda Capdevila, que me evocó bastantes cosas. Se trata de un libro intimista y espiritual en la que la autora abre su corazón a la experiencia y a la emoción que le provocó un viaje a la India.  Son composiciones, que a modo de caleidoscopio, recorre lo que las vivencias fueron capaces de hacer vibrar desde su ser.

No dejé de percibir que, en el ritmo de la prosa, estaba Trànsit y Present d’enamorat, los libros de Rabindranath Tagore que leía a mis hijos cuando eran pequeños en las noches antes de dormir.  Entre las 50 composiciones le dedica, a Tagore, una. Una de las más bellas.

Tampoco se me escapó el que la autora es experta en ex-libris y esto rápidamente conectó con un fragmento de la historia secreta en la que busco a un hombre.  


Tampoco se me escapó que la India es el país que me encontraría si saliera de aquí en dirección al este, en un viaje similar al que harían los descubridores portugueses y que utilizarían también Puerto Amelia como punto de continuación. Este país que vería desde aquí, desde la orilla del mar en el que estoy parado, si mi vista diera para ir más allá del horizonte


Leerlo, lentamente, es como si por un rato alguien te acompañara en el viaje interior a la verdadera patria o matria…  que está en el aquí y en el ahora. Quieta, presente, aspirada, sentida. 


martes, 6 de agosto de 2013

Apagón

En esta época del año aquí en Pemba a las cinco de la tarde empieza a obscurecer. Uno ya sabe cómo son los atardeceres en el trópico, son rápidos. Dice Levi Strauss, en la introducción de los Triste Trópicos, que la puesta del sol en estas latitudes es como el óbolo de un divino avaro.  

El horario es el mismo que en Europa, pero resulta que Pemba está mucho más al este, sobre el mismo meridiano que pasaría entre el mar Negro y el mar Caspio. Además está en el hemisferio austral o sea que estamos en invierno y hay menos minutos de sol. Todo esto para decir que la noche es larga. Y es más larga si, como hoy, se va la luz. Entonces hay que prender una o dos velas, dosificar bien las baterías del ordenador y disfrutar, si se quiere, de las luces que se ven.

Como el apagón no es general veo a lo lejos las luces de algunos faroles de la carretera, a derecha e izquierda. También veo los faros de los vehículos que pasan y vehículos sin faros. En el cielo, para mi nuevo, la luz de las estrellas. En el mar, la luz de las barcas de los pescadores tanzanianos que, con reflectores de gas, atraen las sardinas y dibujan una hilera de luces, una constelación plana tendida en el agua.


Como en la casa hay libros, los leo. Me siento en la terraza y con la ayuda del frontal leo el inquietante cuento largo de Andrés Barba, Las manos pequeñas. Pequeña joya. Lo he leído de un tirón.

Mañana será otro día.

lunes, 5 de agosto de 2013

Murcia

En estos días hay momentos de todo. Hoy me he ido un rato, con el pensamiento, a Murcia. A veces digo que si me pierdo que me busquen en varios sitios. Hay muchos, quizás demasiados. Uno de ellos es en un par de provincias españolas pegadas: Murcia y Almeria. No sé por qué me gustan tanto. Quizás por la aridez. Quizás porque allí el agua es un tesoro. Quizás por las ramblas llenas de adelfas. Quizás por las toponimias. Hasta es posible que por el zarangollo y la morcilla. Quién sabe. Quizás por los caminos al lado del mar que me enseñan a no desfallecer y a confiar. Quizás por el descanso en las minas de oro.

Pero este lugar me ha venido hoy a la cabeza por dos escritores, uno que descubrí hace bastante y otra que descubrí mucho más tarde. Son casi desconocidos por el gran público. De tan olvidados son casi invisibles. Lo han sido y seguro lo seguirán siendo. Pero me gustan, me emociona y esto basta. Y hoy han aparecido más que sus nombres, las ideas y emociones que me llenaron y espero seguir conservando.

Una, la poetisa, era, es porque nunca mueren, Josefina Soria. Manchega de Albacete, pero que vivió muchos años en Cartagena. Esa que decía sobre la palabra que "es un don tan hermoso, tan absolutamente inmerecido, que no puede haber nada capaz de enmudecernos”.  Escribía cosas como esta:

… Vamos juntos
Estamos avanzando a un mismo tiempo.
Sin arrogancia, en calma, comprendiendo.
Entre los dos apenas somos un deseo ahora.
Es por esto que alguna vez te llamo
Para decirte que no quiero nada.
Es solo cerciorarme que me escuchas.
Que estás ahí. Que tengo
Tu respuesta al alcance de la vida

(de: Tiempo en Calma, en Alzad la Voz, 1984)


El otro era, es porque nunca mueren, Miguel Espinosa. El autor de Escuela de Mandarines, La fea burguesía, Tríbada o Asklepios, el último griego, taladra la naturaleza humana para llegar a lo más profundo, intuyo por lo que de verdad rebosa, a través de sí mismo y de los que parece que no cuentan. No puedo poner un fragmento. Solo decir que existió, que existe.


Josefina y Miguel, ¿se habrán conocido en vida?



domingo, 4 de agosto de 2013

Paseo matutino

Esta mañana temprano he salido a caminar. Saliendo por la puerta a la izquierda, rumbo al noroeste, siguiendo la orilla. Tenía el propósito de dar la vuelta a Pemba siguiendo la Avenida de Marginal. Pemba es una lengua de tierra que cierra por el sur la bahía de su nombre. Dicen que es la tercera más grande del mundo (ahora mismo no sé cuál es la primera y la segunda). Como la casa está sobre el Océano Indico (qué nombre tan evocador) me he dirigido hacia el canal que entra en la bahía, para costearla y recorrerla al menos en la parte que orilla la ciudad.  

Lo primero que me encontré es el punto de encuentro, una especie de bar que es, como su propio nombre indica, lugar de referencia. A aquellas horas tan tempranas solo saludé a un empleado que esta por allí. Luego viene el faro. Tal vez sea demasiado pretencioso llamarlo así. En realidad es una pequeña construcción que sostiene el punto de luz de referencia para los navegantes en la entrada sur de la bahía. Desde allá el camino gira al sudoeste y seguí costeando.

La marea estaba bajando y descubría una extensa superficie de suelo marino al que se abocaban gentes de todas las edades para recoger lo que el mar les daba. A lo lejos unas barcas con unos aparejos que recuerdan por un lado las velas latinas y por el otro las jangadas brasileñas faenaban mar adentro. Luego los productos de la pesca serían vendidos en rudimentarios mostradores al lado de la carretera. La carretera empezaba a animarse especialmente cuando llegaba al Barrio de Paquitequete. La carretera era calle y la calle era mercado. Los coches tenían dificultades para transitar y las personas, a causa de ello, también. Saludo a la gente o me saludan. Otros no. Con los niños nos saludamos alzando el pulgar con los puños cerrados. Con los adultos, especialmente los mayores, mostrando las palmas de la manos. Los ojos, la actitud, hacen el resto. A veces un “bom dia”.

Paquitequete es un barrio muy precario en la falda de la antigua ciudad, colonia portuguesa, de Porto Amelia. No quiero ni imaginarme como estará aquello cuando empiece a llover. Arriba, las casas coloniales, la mayoría de ellas muy deterioradas. Sigo y viro hacia el este en dirección al puerto, después de atravesar un río de basura. Tras pasar por las instalaciones portuarias enfilo la carretera que asciende para llegar a la parte alta de la ciudad y llego a la plaza de los héroes, donde se celebran las principales fiestas oficiales. Desde allí sigo paralelo al mar y diviso plenamente a mi derecha la bahía. La vista es magnífica, se ve el perfil completo y se distingue en la orilla alguna playa, lo que imagino manglares o ya la falda de la tierra abocándose directamente al mar. Sigo hasta la Avenida Eduardo Mondlane y la desciendo hasta la Avenida 25 de Setembro y continuo, pasando por delante de la catedral abarrotada, hasta la bola del mundo, una referencia que me indica que ya voy a girar a la izquierda hasta llegar otra vez al mar y alcanzar la casa por el lado opuesto al que salí.


Añado también algunas fotos que tomé.




sábado, 3 de agosto de 2013

Las periferias

Disculpen las simplificaciones, estas, las pasadas y las que vendrán, pero estas entradas no buscan mucha erudición ni pretenden ser ensayos. Que Maputo no es Nueva York o París está claro. Que Maputo no es Pemba también. Que Pemba no es Balama más todavía. Los núcleos de poder se asientan en las capitales, de provincia, de país, de mundo. El nivel de vida de las capitales tiende a ser el mejor posible. Quienes ostentan el poder son personas. Las personas a medida que tienen mayor nivel de vida, tienden a olvidarse de los que tienen peor nivel. Puede que lo hayan tenido pero, en general, repudian acordarse de esto y siempre piensan mirando arriba. Se olvidan de los desheredados de la fortuna. Si alguna vez descienden lo hacen para buscar votos o para inaugurar. Suelen ser visitas cortas, generalmente fugaces, para luego regresar a sus aposentos. Lo que vieron se transforma a veces en cifras, a veces en planes, normalmente el tratamiento no es hacia la igualdad o la justicia, aunque digan lo contrario. Siempre el núcleo de poder sea cual sea sale, de forma absoluta y relativa, beneficiado. Esto no es nuevo, lleva siendo así puede decirse que desde siempre.

Volvamos a las personas. Quienes mandan sueles ser más listos, no necesariamente más inteligentes, que los que no mandan. Los que no consiguen mandar se distribuyen en una escala jerárquica en los que los más listos, los más capaces y los más enchufados se reparten casi aleatoriamente los lugares. En esta distribución puedes encontrarte de todo. Desde listos que siguen pugnando por trepar, hasta capaces que hacen bien o muy bien las cosas y enchufados que medran por no caer, por mantenerse o por aspirar a más. También juega un papel el principio de Peter (LJ Peter, 1969) que dice algo así como que “en una organización jerárquica la gente prospera hasta llegar a su nivel de incompetencia”. Este nivel de incompetencia es la posición desde la cual ya no se asciende más, se perdieron sus capacidades del nivel precedente y se mantiene un incompetente en un puesto que le viene grande y en general le frustra, desearía volver abajo porque allí hacía bien las cosas y se lo pasaba bien. Pero no todos son capaces de reconocerlo y regresar para ser más útil socialmente y más feliz personalmente. Esto es bastante frecuente en administraciones públicas y si están politizadas más, por la irresponsabilidad de quien promueve (PF Drucker, 1990). Es menos frecuente en administraciones públicas más profesionalizadas y en el sector privado.

Volvamos al territorio. La capacidades de las personas que trabajan en lugares en los que razonablemente ven poco futuro empiezan a pensar en qué hacer o cómo hacer para que su trabajo tenga algún sentido o, digámoslo en plata, beneficio. En el caso que me ocupa ya he podido ver que hay una motivación bastante potente. Se llama “per diem”. Consiste en la percepción de una remuneración dineraria por realizar trabajos fuera del lugar habitual de trabajo y sirve para compensar o pagar los gastos extraordinarios a los que han de hacer frente cuando se desplazan de su lugar habitual, generalmente para desplazarse, comer o dormir. Esta retribución, convenientemente administrada, puede representar atractiva pues actúa como un sobresueldo. Es más atractiva que el trabajo que van a hacer.
He observado que las ONG’s utilizan mucho esta estrategia para motivar a los profesionales locales, al menos del sector salud, para realizar determinadas actividades. Esta estrategia no tiene el riesgo de pervertir la acción, ya la ha pervertido. Los profesionales buscan más el “per diem” que el sentido de lo que van a hacer. En cierto modo es poco relevante lo que van a hacer, porque la situación a medida que es más distal está más deteriorada, hay menos medios, hay menos profesionales capacitados, motivados y con menos expectativas, abrumados por problemas casi irresolubles y viviendo en condiciones que no quisiéramos ninguno de nosotros.

Unos se acercan a las partes distales del sistema social para buscar votos, otros de acercan para buscar “per diems”. Me temo que los primeros, los dirigentes también deben tener “per diems” en consonancia.

Las motivaciones están pues en el poder, en el gran o en el pequeño poder. Todo esto también forma parte del paisaje. Un paisaje oculto y disimulado, pero un paisaje. Real como la condición humana, otra vez. El reto, el desafío, es entonces como transformar esto. Cómo hacer que la misión sea el motor. Buscar a los motivados, a las palancas de cambio, a los líderes locales, a los que construyen desde abajo y se ponen el traje de faena… ¿Se necesitan fotos para ilustrar esta entrada? No lo sé… pero por si acaso pongo estas dos, que buscan una tijera…







viernes, 2 de agosto de 2013

Observaciones e imaginación, o debería decir indignación?

Aun estando tan lejos uno no deja de orientar las antenas hacia otras partes del planeta. Estos dos días he seguido con algún interés los debates parlamentarios de dos países lejanos. Con todas las ventajas e inconvenientes de la distancia, que no te permite observar demasiado bien los detalles pero si apreciarlos de forma global. De este modo lo que queda son percepciones, atmósferas, sensaciones…  Nada que pueda ser considerado una observación objetiva. Es casi como ver una acuarela que revela transparencias que tocan a los sentidos interiores.

El tema del que hablaban los dirigentes, digámoslo claro, era de la corrupción. Percibí que ninguno de los dos tenía muchas ganas de hablar del tema.  Aprecié que no transmitían nada realmente convincente. Enmascaraban con circunloquios rebuscados y explicaciones poco pertinentes enfrentar el tema principal. Buscaban en erigirse vencedores dialécticos de situaciones a sabiendas  insalvables. No contestaban a las preguntas claras y directas que les hacían y en sus caras asomaban rictus de miedo. Terminaban con una recomendación que parecía una amenaza: pues presenten una moción de censura. Fin de la cita. No sé a qué se referían con esto. Parecía como si creyeran que el número de parlamentarios justificara o pudiera encubrir la mentira. Realmente yo de política no sé nada, pero las representaciones me parecieron sorprendentes. Cuando uno tiene, sabe, dice la verdad se nota. No hay más.


Me los imaginaba llegando a casa con la corbata deshecha y derrengados. Saludando a sus esposas, diciendo: -Hay que ver cariño lo que tengo que hacer para ganarme la vida…  Y ellas contestando: - Si, mi amor, ya te he visto en la tele. Pero me parece que hoy no ha colado. Cualquier día todos estos votos te van a abandonar. Y si sigues así…,  yo voy a ser la primera,  o sea que, si tienes lo que hay que tener, es mejor que digas la verdad. Entonces serás mi héroe! 

jueves, 1 de agosto de 2013

Cambio de cheque

Hoy es día uno y he ido a cobrar mi cheque.  Hace tantísimo tiempo que no lo hacía. No lo hacía desde que se cobraba en dinero en unos sobres ocres. Estoy hablando de finales de los setenta. Ha sido al final del trabajo, una hora antes de que cerrara el banco. Ya había visto que los bancos se caracterizan por tener, en su horario de funcionamiento, unas colas larguísimas que a veces salen incluso por la puerta y que corren paralelas a las colas que se forman ante los cajeros automáticos del exterior. Es por esto que Nacho me ha recomendado que no fuera a uno que estuviera en el centro. He ido entonces a uno que está sobre el puerto, enfrente del Banco de Mozambique que viene a ser el banco central.

La cola exterior solo estaba para el cajero exterior. El agente de seguridad, moderadamente armado, estaba en la calle pero ojeando el interior por una ventana.  He entrado y efectivamente, allí  estaba la cola interior. Era una cola digamos que informal. Bien constituida en su cabeza, frente a los dos cajeros que atendían  al final del mostrador, y que se deslizaba a lo largo del mismo para irse deshaciendo hacia el final de formas diversas: gente en el suelo sentada, otros también en el suelo dormitando, otros formando grupos, otros pidiendo tanda y diciendo que enseguida regresaban, otros buscando amigos o conocidos en posiciones más aventajadas para conversar con ellos por placer o tratando de convencerlos para que les hicieran un ingreso.

Podía imaginar que el tiempo de espera sería largo como así fue, pero no era cuestión de desperdiciar la experiencia.  La cola multiforme y plástica estaba constituida por una mayoría aplastante de hombres que entretenían su tiempo con los teléfonos móviles.  Las pocas mujeres que habían destacaban por la sus capulanas. Los que hablaban lo hacían en voz baja, casi murmurando. Sorprendía el relativo silencio. El hecho que uno de los cajeros se ausentara, lo hizo por casi una hora, no provocó el menor desánimo ni rumor de desaprobación. De hecho la calma y la lentitud son unas características comunes de la vida aquí. Tanto es así que mostrar inquietud puede ser enormemente perturbador. Quizás sea esta la forma natural de comportarse y en otros sitios la hemos echado a perder con la prisa, de la que solo queda el cansancio. Además la lentitud ayuda a procesar el cambio. Te desarma frente a tus resistencias y te permite el abandono al fluir verdadero de la vida en su estado más natural.

La cola avanzaba. La mayoría eran jóvenes y adolescentes con billetes y papeles muy pequeños con un número escrito, sin duda el número de sus cuentas. Apuesto a que procedían de la venta de pescado o de frutas o de cualquier otra mercancía, que depositaban casi religiosamente, en una ceremonia que se me antoja diaria, de fin de jornada.


Mi amigo Juan Manuel me envía una información de Mozambique en la que dice: El crédito impagado del sistema financiero se redujo del 3,1% de 2006 al 2,4% de 2012. A esta sociedad hay que darle crédito, para que crezca y mejoren sus condiciones de vida, pero que no pierdan sus valores básicos. ¿Será posible?