lunes, 18 de noviembre de 2013

Pau Preto

Hoy día de trabajo en Meluco. Estaré en los distritos esta semana. Luego regresaré a ellos la primera semana de diciembre. Aunque mi trabajo no es clínico, acercarse a los distritos, aunque sea para seguir trabajando con papeles, te acerca a la realidad mucho más que desde Pemba. Puedes tocar y sentir la salud y la enfermedad y lo que la determina. Puedes ver las caras de los pacientes, de los acompañantes, especialmente las madres que son quienes hacen casi todo, y la de los cuidadores: los técnicos y las enfermeras. También sigo percibiendo esta actitud entre resignada y respetuosa. En todo caso callada ante todo esta realidad.  Me gusta Meluco porque veo que trabajan bien, de forma ordenada y transparente.

En el viaje de regreso, los paisajes de la tarde. Los extensos territorios del bambú, ahora reseco. Casi toda la gente del lado de la casa que proyecta la sombra. Las mujeres que amamantan y las que llevan trastes en la cabeza. Las niñas que se arreglan el pelo mutuamente o se sacan piojos. Los muchachos que juegan con los coches de juguetes elaborados por ellos mismos. Los jóvenes que se agrupan y no sé de qué hablan. Algunos que cortan tablones con sierras suspendidas. Viejos que reparan camas, la cama macúa que ya conocemos. Luego están los que venden mangos. Algunos macacos que cruza raudos la carretera antes de la llegada a los pueblos. El descubrimiento del ébano, el pau preto, donde la negrura densa, pesada se esconde tras una corteza marrón clara casi tan dura. Cabras, cerdos, gallinas. Los que hacen casas y los que rehacen los techados. La estela de polvo que deja el coche y que aleja a la a cuneta caminantes, ciclistas y a quienes van en moto. Un suelo arenoso que debe clamar por la lluvia. Y el árbol del mango: la mangueira. El árbol del anacardo: el cajueiro. Y el árbol de la papaya: el papaeiro, este que alinea los quintales y que siempre tiene estas tetas verdes en la cima esperando que maduren.

Llegando a Montepuez, cada vez más gente, más coches, más polvo. El sol que comienza a caer. La cena en el Litos y la conversación que relaja. La luna esplendorosa en lo alto del cielo y la compra del desayuno. En casa me espera una inundación. No es mucha. Cierro la llave de paso. Mañana será otro día. 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Estratagema

No pocas veces alguien se ve en la necesidad de construir un artilugio mental, una recreación de la realidad, un sucedáneo de lo concreto y lejano para resistir los embates de la soledad y la distancia. Me refiero a los objetos y sujetos que nos han acompañado y de los que nos hemos desgajado abruptamente. La costumbre y la seguridad de su presencia, casi a modo de fetiche, nos aportan aquel bastón de confianza que nos permiten caminar con un poco más de seguridad por los vericuetos de la vida cotidiana.


Como aquí lo cotidiano es casi invento o sencillamente una manera de hablar evasiva, porque lo cotidiano se construye después de mucho tiempo y de un mínimo de estabilidad, aunque sea ficticia, mejor no aplicar el concepto. Expuestos a esta intemperie emocional cualquier perturbación ligera puede adquirir la dimensión de la tempestad imaginada más temida. Es por esto que construir irrealidades ambivalentes es una tentación para ayudar en algunos tránsitos que pueden ser vividos como amenazadores.


Sospechar de todo, de las tempestades y de las calmas. Dudar de los artilugios estos de los cuales he esbozado su esqueleto básico. Desterrar el pensamiento y vaciar la mente para centrarse en el presente, el aquí y el ahora, parece el mejor manual de supervivencia cundo los demonios atacan. 






viernes, 15 de noviembre de 2013


Más calor

Estamos a 31º, pero la sensación térmica es de 37º. Estoy chorreando. La camisa está empapada pese a la camiseta. Acabo de salir para recargar el crédito del modem que es como mi cordón umbilical. La semana que viene estaré en los distritos del interior.  Allí el calor será mayor. Algún día de estos habrá de empezar a llover. Creo que hasta los mangos lo están deseando.  El otro día cayó una corta lluvia que llegó como una carga de caballería. Se oyó llegar desde lejos, cruzó tan rápido el barrio que apenas descargo y se fue por el mar.

Cada vez veo más hombres y mujeres armados patrullando. Algunos coches cruzan lentos la calle con la música ensordecedora de la campaña electoral. Llevan las banderas rojas del partido hegemónico. Ayer vi las blancas, en un barrio lejano, del partido opositor.

Al regresar me encuentro con Eugenia, una señora que trabaja en la oficina, que me pedirá si le doy boleia para llegar a su casa y ahorrarle la chapa, la lata de sardinas rodante que la acercará a la casa. Le digo que sí, que espere en el estacionamiento cuando sea el momento  de salir. Así quedamos. Cuando la llevo me suele contar cosas como la que me explicó el otro día sobre las ventajas del trabajo de ciertos hombres  que  cargan unos  expositores portátiles de mercancías variopintas y que gracias a los mismos, si se los colocan de determinada manera, pueden protegerse del sol. La miré con cara de circunstancias tratando de ver cuál era la ventaja: “Si, doctor, tienen sombra cuando la precisan. Así se procuran algo de fresco, piense que llevan trabajando desde la siete de la mañana. Pobres hombres”. En el camino leo rápido en un letrero algo así como que un médico tradicional tanzaniano, un curandero, ha puesto una consulta en un imbondeiro cerca de la mezquita.

Es verdad que el calor aturde y más si es viernes y se puede desconectar.  El ritmo es lento y por la tarde el sudor se enlentece también. Busco la brisa de la orilla y que afortunadamente llega a la casa. Leo, contesto correos; hablo y chateo.  Escribo un informe con las ideas que se resisten a desaparecer y esto. 



jueves, 14 de noviembre de 2013

Cinema Pemba

Ayer mi hermana me comunicó que la que ha sido la casa de la familia se va a entregar a mitad de diciembre.  Decir la casa de la familia me temo que es un poco presuntuoso. En realidad es un piso y no era de la familia, es de alguien al que mis padres alquilaban. Pero ya nos entendemos. Era el espacio en el que crecimos y donde se forjó, para lo bueno y para lo malo, buena parte de lo que somos. En cualquier caso la noticia no es cualquier cosa, ni por el lugar ni la noticia del cierre.

Ya todos los hermanos nos fuimos yendo de casa para crear nuestras propias familias. No es momento tampoco de hablar de la naturaleza de las mismas, especialmente de la mía. Ya mi padre hace años que falleció. Mi madre desde hace unas semanas está en una residencia para gente mayor.

Siento que tengo que ir a hacer una última visita a aquel lugar. Espero llegar. Necesito despedirme de aquellas paredes. Ver lo que debe haber quedado de ellas a estas alturas. Seguramente la habrán vaciado y es posible que quede algo o muy poco. No tengo ni idea. Presiento ver un panorama que, desde la perspectiva de mi existencia, será un poco desolador.

Quisiera ir solo. O quizás con alguien que tuviera la serenidad de sostenerme si fuera el caso. Creo que voy a necesitar un poco de tiempo para esta visita y evocar los espacios y lo que en ellos quede. Puede que floten cosas que solo los que la habitamos podemos reconocer. Otras, en el terreno de lo más íntimo, quizás queden encerradas en el silencio de mis recuerdos. En estas cajas del cerebro que no han de ser abiertas, o solo para muy pocos y bien escogidos.

A algún escenario de devastación le va acompañar no pocas alegrías, pero el cierre ineludible de la puerta de entrada al final de la visita no podrá convertirlas en sonrisa.


No será, desde luego, como ir al cine, aunque algo de esto habrá. 


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Olor de mango

Que la manera de trabajar no es la misma a los veinte, que a los cuarenta, que a las puertas de los sesenta, parece fuera de toda duda. Ahora es el tiempo más del  porqué y del para qué, que el del qué o el del cómo, sabiendo que todas estas preguntas son importantes. Y este tiempo requiere de más tiempo. Requiere de más paciencia y de más pedagogía. Requiere de más comprensión y precisa bajar hasta lo hondo. Me temo o, mejor, espero que más adelante, tal vez en la frontera de los ochenta, si se alcanza, la dimensión ha de ser mucho más apasionante y los límites inmensos. Pero ahora, detenido en el momento presente, entre el olor a mar que me llega desde la derecha y el de mango que me alcanza por la izquierda, gozo y me reta cada instante del trabajo que ha de venir mañana. La verdad, estoy feliz y agradecido por lo que cada día enfrento. La dosis de incertidumbre y de sorpresa con la que los acontecimientos suceden, lo imprevisible, la aparentemente arbitrariedad con la que las decisiones son tomadas, forman parte del escenario cotidiano. El juego de cintura, la adaptación, la flexibilidad, la observación, la paciencia, la calma, la creatividad, la resistencia y la resiliencia son atributos imprescindibles no solo para permanecer, sino para ser y seguir siendo útil en  el trabajo y en la vida. Lo del aquí y el ahora me parece superfluo mencionarlo. Ya se sabe. En realidad todo esto ya se sabe. Pero nunca como ahora he percibido todo esto con tanta claridad y con tanta gratitud.

Otras cosas. Lecturas de estos días: 1, Victus, de Alberto Sanchez Piñol para entender lo que pasa y seguramente pasará en nuestra querida tierra catalana. 2, Testo Yonqui, de Beatriz Preciado, perturbador heavy metal (Vivo en un mundo donde muchas cosas que pensaba que imposibles son posible, Guillaume Dustan, 1996) pero esencial para comprender buena parte de nuestro mundo. 3, El secreto de la flor de oro, de Carl Gustav Jung (Cuando las ocupaciones vienen a nosotros se las debe aceptar; cuando las cosas vienen a nosotros, se las debe discernir hasta el fondo, Lü Dsu).

Música final: Escuchar a Elina Garanca y a Anna Netrebko en el duo de las flores de Lakmé, de Delibes y respirar. http://www.youtube.com/watch?v=M9NK-EbUAao


Atender al olor del mango.





martes, 12 de noviembre de 2013

Autarquía

El país está de campaña electoral. Se trata de las elecciones municipales. Aquí se llaman autárquicas. Paradójico nombre el de autarquía para comunidades tan dependientes. Aquí no vale un significado diferente para el portugués o el español. En la provincia en la que trabajo, solo hay cinco autarquías, las cinco poblaciones más grandes que alcanzaron este estatus. El resto de núcleos poblados no tiene elecciones. Están gobernadas o administradas por régulos o por jefes de poblado o de aldea.

Desde mi visión tan superficial la campaña electoral tiene un marcado carácter musical y de exaltación del partido y del líder autárquico. Ni que decir tiene que el partido hegemónico está omnipresente. Las banderas rojas con el escudo del partido en el ángulo superior izquierdo están por todas partes. Esto es, en las motos, en las casas, en los coches. En estos últimos también, la imagen del líder adorna el vidrio posterior.  No entiendo que dicen los mensajes de los líderes y cuando entiendo algo me doy cuenta que no es algo diferente de lo que siempre oí. Grupos pequeños enardecidos responden con entusiasmo a las arengas. La mayoría desfila sin conmoverse. Apenas hay un panfleto escrito.  Dicen que hay otro partido que concurre. Aún no lo he visto, pero puede que en los próximos días lo descubra. 

No tardará mucho en aparecer un grupo de vehículos, o tal vez solo uno, que pondrá la música a tope y será rodeado por incondicionales para cantar y repetir eslóganes. Al cabo de un rato marcharan y hasta el siguiente.

En las calles estas últimas semanas se aprecia que tal vez haya unos cuantos huecos del asfalto que han sido reparados y hay algo menos de basura en las calles. Un observador avezado puede darse cuenta.

Si en los próximos días hay algún acontecimiento relevante o puedo saber algo más que esta visión tan ligera que acabo de describir, prometo hacerlo saber.


La autarquía es también el estado natural del sabio, que se basta a sí mismo para ser feliz. 


lunes, 11 de noviembre de 2013

Casablanca

Un amanecer de luz y un anochecer de fuego fueron los hitos del lapso que marcó la jornada de siete días. Efectivamente, una semana pasada en Marruecos. Sigo trabajando en un proyecto de higiene y salubridad allá. Ha interrumpido mi estancia en Mozambique y he experimentado el efecto.  He visto un país en algunos aspectos nuevo o, por contraste, me lo ha parecido. No sé si vivo permanentemente engañado, pero la realidad salta hecha añicos cuando las diferencias aparecen súbitamente. Si Maputo no es Pemba; ni Pemba, Montepuez; ni  Montepuez es M’Tete. Tampoco Mozambique es Marruecos; ni Marruecos, España; ni España, Nueva Zelanda (qué difícil es escribir y puntuar esto). En cada salto, sorpresas y asombro. Incesantes. Espero que no confusiones. De todos modos habrá que protegerse de estas. Hay que tener cuidado. Nada, o casi, es lo que parece.

Marruecos tiene, seguro que también para los mismos africanos, la condición de puerta de un nuevo mundo. Más que puerta es atrio. Y es atrio amplio, de casa grande. Nunca escribí de Marruecos. Lo leí y lo sigo leyendo. Pierre Loti me enseñó buena parte del camino. Tal vez más que esto, me enseñó la forma mental de recorrerlo. El viaje a Fez, recorrido solo por caminos de palabras, es mi guía. Fez espera, como me espera el Toubkal. Si he de llegar, llegaré. Secretamente lo espero. Lo espero como los secretos y los deseos que he de mantener callados para conjurar su incumplimiento.

Mientras, el trabajo del que no digo mucho. Seguro que no hablaré mucho de este viaje. Solo puede ser que se me escapen cosas. Tal vez mencionar cosas como los perros vagabundos, los hígados llenos de quistes, las moscas, los vertederos. Tal vez citar la mirada cuando dejo de ser profesional y soy aprendiz de visitante y veo y, sobre todo, huelo, el souk, los pollos, el argán, las especies, el sándalo, la lista es interminable, entre aquella multitud que es un cruce infinito de miradas que tejen redes de evanescentes pensamientos. Tal vez hablar de la sensación de cuando me desvisto para tenderme en el suelo del hammam y sentir el agua, el sudor, el jabón, la piel que se deshace, las manos y la cercanía del descoyuntamiento que detienes con un grito.  


Es una entrada de blog. Me autolimito en las 300 palabras, a veces algo más. No quiero extenderme mucho.  Como he dicho, si han de salir cosas nuevas, las soltaré. Me quedo ahora y sobre todo con las presencias de Violeta y Guy. Estas que todo lo transforman y que hacen de lo efímero una semilla de lo permanente que hace tiempo germinó. Tengo tanta suerte con quién me encuentro en la vida, y sois tantos, que no puedo dejar de agradecerlo.