Ayer lo dediqué a algunos asuntos personales. No puedo decir
domésticos porque sigo viviendo en el cuarto del hotel. No sé cuándo va a estar
listo el pequeño apartamento que me tienen destinado, pero parece que va para
largo. Hace semanas me dijeron que sería la semana que viene. Suerte que hace
tiempo que descubrí que, en determinados lugares que ya he aprendido a
reconocerlos, los días son semanas y las semanas, meses. Esto te convierte en un
ser tan cercano a ser espera que terminas queriéndola y parece que, en un
alarde paradójico, no quieras llegar a lo que la espera promete. Porque ¿qué
otra cosa es la espera, cuando vestida de esperanza, sino la antesala de lo que
ha de llegar? Cuando nada llega o llega tan lentamente o llega tan
desnaturalizado, no quieres ser espera que espera. Quieres ser ser. Esto basta.
Lo otro, si ha de ser, ya fluirá.
Pues en este fluir voy, cuando termino estos asuntos que me
han ocupado y otros que me han dejado de ocupar porque se resolvieron solos, a
la biblioteca. Entro y veo que unas butacas están ocupando todo el pasillo
central que conduce a la mesa del bibliotecario. A los lados de este pasillo
veo vacías las mesas de lectura. Estas que están separadas por estanterías protegidas
por puertas acristaladas y cerradas impiden hojear los libros. Me digo: va a
haber una actividad. Pregunto y me dicen que efectivamente. También me dicen
que puedo hacer lo que venía a hacer porque, aunque estaba previsto que el acto
empezara a determinada hora, con seguridad se va a demorar. Así que me instalo.
No he dejado de reparar que a ambos
lados de la mesa del bibliotecario hay sendas banderas, la del país y la de
Venezuela. A los lados del pasillo central hay unos paneles con retratos de
personas ilustres de África y de Venezuela. Poco a poco se va desvelando lo que
no sabía. Va llegando gente que toma asiento. Llega también la esposa del
embajador de Venezuela, a la que conocí hace unas semanas. Me explica que, con ocasión
del día de África que será el próximo 25 de mayo, han propuesto esta exposición
en la que tratan de hacer reflexionar sobre las raíces africanas de Venezuela y
los frutos que dieron a través de las vidas y obras de personas ilustres. Empieza
el acto y distintos oradores se refieren
a la fecha y al fecundo, a la vez que doloroso, injerto de África en América. Glosaron
la esclavitud, la lucha contra el colonialismo, las luchas de liberación y las
negras Matea e Hipólita, que cuidaron en
la infancia a Simón Bolívar e hicieron de él lo que fue. Hipólita, que le dio de comer, y Matea, que le
enseñó a dar los primeros pasos. El acto terminó con una representación sobre
el sentido de del muerte en África. Una compañía ocupó el improvisado proscenio
y compuso un emotivo cuadro en el que se mostraba la sabiduría y respeto por la
vejez, el sentido de la muerte y su trascendencia, el mundo de los espíritus de
los antepasados y su papel como intercesores entres los dioses y la gente. Una
música de percusión sincopada y unas danzas tribales pusieron final al acto.

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