miércoles, 18 de septiembre de 2013

Azul metálico

Hambre

Está escondida. Puedes pasear al lado y no la ves. Y si la ves te parece bonita y elegante. Se parece tanto a la figura deseada. Y además va vestida de sonrisa. La dignidad impide mostrarla. Puedes imaginar que ha dejado daño porque apenas hay lucha ni rebelión.  Aquí es una condición demasiado extendida de la vida.  


Circular por la izquierda

No cuesta acostumbrarse si todo está tranquilo y no tienes prisa. Pero cuando aparece una situación de emergencia o alguien se cruza inesperadamente por delante surgen los problemas. La costumbre, la cabina pequeña y la posición del cambio de marchas. La única forma que tengo para controlar esto, cada vez que cojo el coche, es estar muy concentrado y muy bien sentado. Como si fuera la primera o la última vez que conduzco. Es como ir en moto.


El poderoso influjo de la luna


Hay días que nadie escribe, que nadie llama, en los que la noche es larga, en los que encuentras grumos en la carne blanda de la papaya, en los que el aire no se mueve, en los que llegas a escuchar el batido de la cola de una lagartija atrapada bajo la puerta.



martes, 17 de septiembre de 2013

Silencio

Casi siempre escribo en silencio. Pero hoy me acompaña la música: la Suite Bergamasque de Debusssy, Sygur Ros y Tom Waits… Es extraño escribir con música. No me gusta mucho pero voy a ver qué pasa hoy haciéndolo. Es como si su influjo empujara las letras o las desplazara. La ideas también son afectadas por ella, lo cual no tiene porqué ser necesariamente malo. Es como un estado alterado de consciencia. Y estas músicas que escucho hoy, en este lugar tan distante de donde fueron creadas, parece que se van a perder o no van a encontrar el acomodo. Pero me doy cuenta que sí, que persisten, se esparcen y que llenan al menos la atmósfera pequeña de la habitación y quién sabe si se escapen afuera, hacia el mar, en pos de la luna, a través de la tela mosquitera de la ventana.


También hoy mi colega de trabajo ha estado acompañado por la música toda la mañana. Era música religiosa de Tanzania. No lo supe hasta el final, cuando le pregunté. A ratos creí estar escuchando los coros ingleses de Cambridge, pero con un ritmo especial que solo son capaces de conseguir los cantantes de aquí. Es como un mecerse con un fondo energético que te mantiene el ánimo prodigiosamente vital. La música tiene la virtud de sostener el mundo en medio de cualquier tribulación. Ante ella, la palabra calla. Como ahora…

lunes, 16 de septiembre de 2013

Matria

Tengo la suerte o la pena del desarraigo. Soy de donde estoy. Y si he de decir de donde geográficamente soy puedo optar por las respuestas oficiales: España, Cataluña, Barcelona… o puedo hacerlo por las del sentimiento y entonces sería del Putxet y del Mundo. Si he de decir de donde realmente me siento en cada momento, entonces tengo que decir que me siento del lugar en el que estoy. Ahora es Mozambique. Cuando estoy en Marruecos es Marruecos. Yo sé que esto desilusiona a casi todos, pero no puedo hacer otra cosa. Me sale así.

Esto no excluye que siga con un particular interés las cosas que suceden en España, Cataluña y Barcelona. Y cuando digo cosas me refiero principalmente a la política, a la cultura, a los deportes y a la economía, a la ciencia y a la salud. Con menos intensidad sigo también las cosas que suceden en los lugares en los que he vivido. Pero en honor a la verdad lo sigo en tanto que son los lugares en los que viven personas a las que quiero.

También con igual intensidad sigo estos mismos temas sin importar el lugar del mundo en los que pasan. También me gusta analizar las perspectivas y los porqués estos hechos tienen mayor o menos trascendencia según donde suceden y según el poder quienes los realizan, deciden, dirigen, lideran, sufren, padecen y hasta mueren.

Leer o seguir lo que sucede  me provoca no pocas emociones. Especialmente las que sublevan lo que tengo por valores. Y cuando más importantes sean estos valores más me subleva. Digamos que todo lo que afecta a la libertad, al amor y la solidaridad, a la justicia y a la democracia, al trabajo y al esfuerzo.

Escribo sobre esto porque esta semana pasaron los hechos de la Diada en Cataluña. Siempre que puedo voy. Me motiva participar en las manifestaciones en las que las causas que se defienden valen la pena. He de reconocerlo, también me interesa observar de primera mano lo que sucede y como sucede. Después de vivirla, no solo esta sino la de los años anteriores constato la progresiva separación entre la dinámica de la gente y la de los partidos políticos. También observo la progresiva emocionalización (perdón por el palabro) de la política, por activa y por pasiva. Y la escasa capacidad para comprender y encauzar los anhelos de la calle y la cada vez más visible acción para la defensa de los intereses del poder económico que se antepone generalmente a las necesidades de la gente (no pocas veces me pregunto porqué a las víctimas les gusta votar a sus verdugos).  Porque ¿vale la pena tener una estructura social y económica como la que tenemos sólo que más pequeña? Defensor como soy de la redistribución en el contexto del estado estacionario y de borrar líneas en los mapas, casi nada de lo que veo apunta en este sentido.


Pero vuelta al principio. Lo que considero mi verdadera patria, ¿o debiera decir matria?, es el escaso metro cuadrado, siempre tan móvil, que sostiene el abrazo que doy y el que recibo.


domingo, 8 de septiembre de 2013

Hecho polvo

Amilcar es un veterano de guerra. Tiene mucho más pasado que presente, Futuro, parece que poco. Aunque uno nunca sabe. No es bueno jugar a profeta. A veces te la tienes que envainar. 

En su quintal de Maputo guarda un viejo Ford Taunus que literalmente se cae a trozos. Hace más de treinta y cinco años de su último viaje. Antes de llegar aquí había sufrido, según se ve, no pocos accidentes y las reparaciones no habían sido buenas. Una paleontóloga de coches, si esta profesión existe, hubiera podido detectar, basada en las evidencias de hoy, la extensión y el impacto, nunca mejor dicho, no solo las colisiones sino también la poca traza de las reparaciones cuando las hubo. El hecho de vivir cerca del mar incrementaba el daño y aceleraba el progresivo deterioro de la carrocería y otras partes del vehículo.

Que Amilcar dijera que el coche acabaría hecho polvo no era una forma de hablar. Para él era un deseo al que se aplica con paciente fervor. Había dispuesto bajo el coche una plataforma de cemento debidamente protegida del viento pero no tanto como para impedir su acción corrosiva. El proceso era lento. Casi diariamente recogía el polvo que iba cayendo. Cuando llovía podían caer fragmentos mayores, casi como una semilla de pimiento. Al día siguiente recogía el polvo y otras partículas que iban cayendo. Separaba como buenamente podía otros polvos y otras impurezas y lo introducía en un urna. En ella se había acumulado ya un espesor cercano a un centímetro. Esta cantidad ya habla del deterioro del coche, de su perseverancia y determinación de seguir hasta el final. 

Me decía que de la misma manera que queman los seres humanos y guardan sus cenizas, él quería coche hecho polvo. No tuve tiempo para preguntarle porqué. Pero sospecho que tendría alguna buena razón. 

La historia me hizo pensar en la película de Framantino, Le quattro volte. En ella el protagonista toma como medicina para curar su bronquitis  el polvo depositado en el suelo de una iglesia. De esta película habría tanto de que hablar. Muchas cosas de aquí, sorprendentemente, me la hacen recordar. 



miércoles, 4 de septiembre de 2013

Napia



Fotografia de Hank Hogan, encontrada en http://home.centurytel.net/Arkcite/grnray.htm


Hay cosas que me llevan a mal traer. Una de ellas son los resfriados. Especialmente los nasales. No es extraño. Con esta napia que tengo... Ahora paso uno de ellos. Con los años he aprendido a domesticarlos y ahora no me molestan tanto, pero aun así... Afortunadamente, toco madera, tengo una más que aceptable salud. Es un valor grande tenerla, sentirla. Sobre todo aquí, cuando cualquier alteración puede convertirse en un verdadero dolor de cabeza. La fragilidad del entorno y de uno mismo, obliga a cuidarse.  No solo en la salud. También en las pequeñas cosas cotidianas y esenciales. A conservar y a reparar. Esto significa atribuir valor y seleccionar bien a qué o a quién otorgarlo.  O bien a observar y observarse. A hacerse preguntas y aceptar que tal vez hoy no haya respuesta. A fluir...

lunes, 2 de septiembre de 2013

Amanecer

Está a punto de amanecer. En realidad no sé cuál es este punto. Hace rato que los pródromos del amanecer han dado señales de vida: los gallos, el muecín, algún ladrido de perro que ha pasado mala noche, el oleaje del mar que en el silencio de la noche adquiere no más fuerza sino más presencia, la necesidad, que no el deseo, imperiosa de ir al baño, el barrer del quintal por los vigilantes, los corredores trotando por la carretera. Estos son momentos aún de aparente negra noche. Si recorres con la vista el horizonte ves que no es así. Si miras al este empiezas a ver como  empieza a clarear. Al principio es muy tenue, pero luego el azul grisáceo va volviéndose violeta y la claridad se extiende por encima. A veces el horizonte es una línea perfecta que separa nítidamente el aire del agua. Otras veces las nubes se extienden sobre el horizonte muy lejos  y forman un colchón entre el agua y el mar, pero dejando de nuevo la línea nítida y un pedazo de cielo. A veces las nubes son las que asientan directamente sobre la línea que delimita el mar. El mar a veces esta plano como un espejo, otras  veces está ondulado, casi siempre con alguna embarcación. Desde cayucos con flotadores hasta  cargueros que entran en la bahía. El mar con aquel brillo plateado que lo hace valioso. El mismo mar de cada día que retiene la atención como si fuera un fuego.  Es justamente a este fuego, casi siempre sorprendente, que dispara a la retina, normalmente rojo vivo, el punto al que  llamo amanecer. A lo otro le llamo aurora o a veces alba. Es un privilegio poder ver esto casi cada día. Lo es tanto como poder ver otras tantas cosas de forma cotidiana y que por ahora no se desvanecen.

Pero pensaba en el mar no tanto para describirlo sino como la puerta de los sueños, como la entrada al mundo, como el impulso vital. Es pensando en él que lanzo estas líneas, como mensajes en una botella que buscan su destino. Un destino que no conoceré.  


Agrego algo. Hoy se ha celebrado la inauguración del nuevo edificio en el que trabajo. Ha sido un acto sencillo. La directora lo ha presidido. Nos hemos reunido en el vestíbulo todos los que allí trabajamos. En una parte del círculo que formábamos ella ha ido configurando una especie de presidencia. Estaba ella y el médico jefe. Luego ha pedido que la acompañaran el más viejo y la más joven. También la recién llegada: una doctora que se encargará de la salud pública. Ha pronunciado unas palabras destacando el tiempo que concedemos al trabajo y el valor de la casa que lo alberga.  Luego ha habido una celebración, digámoslo así, religiosa del acto. Un cristiano ha invitado a rezar el padre nuestro. Luego un musulmán ha animado a celebrar una plegaria. Al final el responsable de la parte de la medicina tradicional ha realizado un ritual con conjuros y gestos como de brujería. En definitiva una celebración ecuménica participada por todos independientemente de las creencias de cada uno. Respetuosa.  Al final la directora ha invitado a hablar si alguien tenía deseos de decir algo. El acto ha terminado con unos refrescos, salgados y un pastel que en nada tendría que envidiar a las bodas o cumpleaños más sonados, solo que de un solo piso. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

Música y África

Quizás tenga que comerme estas palabras, pero la identidad natural de la gente de aquí me parece que es Africa (entendiendo por esta, la subsahariana). Puedo imaginar que ante tamaña afirmación los etnógrafos y los estudiosos de todo tipo pueden poner el grito en el cielo. Pero más que su país, más que su pueblo, su patria es África. Lo noto en todo, pero en un aspecto en el que destaca sobremanera es en la música. La música, este lenguaje que es la esencia de la vida y que nos permite más que comunicarnos, hacernos entender. Tal vez el matiz es sutil. A veces me parece entender en la música de aquí como un clamor, un grito, que busca (auto) afirmarse. La música es una expresión.

Se nota en el vestir y en el andar. Se nota en el hablar. Se nota en el mirar. Y

todo esto es un compendio que en la música alcanza su máxima expresión. Puede que sea hasta un medio para hacer y para ser. Por ejemplo, se arrancan a cantar para trabajar con facilidad. La música frecuentemente es un diálogo. Las frases son breves, directas. Y el ritmo, llevado con las manos o con los pies, es tan contagioso y simple que de pronto todo vibra. La música es también la danza, casi inseparables: parece como si la música fuera invadiendo el cuerpo.


Lo comparo con el llamado mundo occidental. Nada que ver. Allí las identidades son múltiples, complejas. La música es casi un hecho intelectual. No es una expresión. Es una impresión, busca llegar al alma y removerla. La música es un producto. Complejo, diferenciado, capaz de conmover. La mayoría de las veces la escuchamos quietos, sentados, concentrados.

Entiendo tan bien la búsqueda de los mestizajes. Haya tanto camino por descubrir, por explorar, por crear.

Si hubiera penetrado en la cultura de aquí ¿cómo habría escrito Barenboim su magnífico ensayo  “El sonido es vida. El poder de la música” o "El so de la vida" (en la seva versió catalana)?



(Para incrementar los contrastes esta entrada la he escrito abrigado con las músicas de Agustín Lara y José Feliciano)